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Francisco Ruiz de Pablos
Corro ante la envidia


No es que uno se aleje a la carrera frente al peligro potencial de una fiera herida. O de una persona resentida. No, yo no corro ante nada ni ante nadie, ni aun siquiera ante las aberrantes corridas del toros, esa barbaridad inhumana y que rebaja a la persona por debajo del nivel de las bestias. Me disgusta y sonroja que un consejero castellano y leonés diga y repita que suprimir la tortura y muerte de los toros sea anticonstitucional. Llámese como se llame quien lo exprese, tal disparate no puede tener maña ni eco ¿De cuándo acá la carta magna propugna la tauromaquia? ¿En qué articulado?

Corro un tupido velo, no de vergüenza torera. Con todo, no voy a tratar hoy del corro como verbo correr, ni tampoco del corro de la patata, sino como nombre apelativo, escrito con mayúscula como apellido ilustre de un importante personaje de nuestra Historia durante la centuria XVI, a cuenta de la Inquisición menos conocido de lo que ser debiera. La envidia le producía alergia. Igual que al poeta Machado, paisano suyo. Pero vayamos despacito y buena letra para hacer la cosas bien. No como el consejero Mañueco, que las hace sin maña ni eco. Al final y sin ningún estilo europeo, sin solidez, hasta sin hache, todo termina en un vano e inane (h)ueco.

Pues bien, si nos trasladamos al borde de otra panorámica, comprobamos que al final de su comentario a la epístola paulina, tras la profesión de fe, cierra Antonio del Corro su Dialogus theologicus (en estilo e idioma totalmente europeo, con solidez y hasta con hache intercalada) mediante un dístico en el que zahiere a los envidiosos. Otro tanto hace nada más comenzar la dedicatoria. Son dos versos [“nuestra época, corroída por la envidia, nos juzga de mala manera: / más acertado será el juicio de la posteridad.”] en que se aprecia el tono horaciano, aparte del dominio de la técnica aliterante, etc. No obstante, si examinamos con atención el hexámetro latino que arranca diagnosticando el terrible mal de la envidia, comprobamos que Corro ha dejado cojo el cuarto pie del verso /-tră mălĕ/, cuya primera sílaba –en métrica dactílica- no debe nunca ser breve.

¿Cómo incurre nuestro autor, siendo buen latinista y helenista, en un fallo métrico dactílico tan garrafal, y en tan destacado lugar como el colofón de su obra? Si le pudiéramos formular la pregunta al propio Corro, nos respondería que procedió así adrede, con toda intención, que es lo que significa etimológicamente ese adverbio (“ad rem”). O sea, dejó expresamente que claudicara el cuarto pie en cesura para indicar que la negra envidia no es más que flaqueza y debilidad; y que al final, si se ha procedido con rectitud y buena fe, el tiempo nos dará la razón.

Prueba de que esa sería (fue) la respuesta de Corro a la pregunta, es la incorporación del mismo dístíco –ahora sin fallo métrico- en la estrofa del frontispicio para otra obra que, con dedicatoria al canciller de Inglaterra, Tomás Bromley, publicó también en Londres cinco años más tarde. Bajo la rúbrica Libellus alloquitur lectorem se leen unos versos, en los que vuelve a denunciarse la maldita e inveterada enfermedad de la envidia, presentada ahora en fase anticristiana y cainita.

A nuestro humanista siempre le produjo alergia el pecado de envida, que tantas veces hubo de soportar. En la dedicatoria de su obra paulina dice, volviendo a la carga, que si viere que sus envidiosos enemigos persisten en su torcido sistema de actuar, “rogaré quizá al Señor que suministre colores adecuados y vivos para poder pintar, como hizo Apeles, la imagen de la calumnia con el fin de descubrir las mentiras de los envidiosos con las que intentan aplastar mi inocencia.” O sea, no sólo conoce a fondo la literatura grecolatina, también la pintura alegórica clásica y la renacentista. En esas pocas palabras, recurriendo, una vez más, al recurso plástico del arte pictórico, dibuja Corro en cuatro ágiles trazos cuatro personajes: Calumnia, Mentira, Envidia, Inocencia.

La obra más famosa de Apeles fue La calumnia, basada en un suceso vivido por él mismo. Otro pintor, Antifilos, había calumniado a Apeles acusándolo de traición a Ptolomeo IV. Apeles fue enviado a prisión. Pero, reconocida su inocencia, fue liberado y el calumniador reducido a la esclavitud. Entonces pintó la alegoría, llamada La calumnia. Este importante tema influyó siglos después en otros, como Botticelli y Durero.

De Apeles, el pintor elegido por Alejandro Magno, se comentaba en su tiempo que tenía el don de la gracia, lo mismo que se dijo siglos después con respecto a Rafael de Urbino, el pintor del Cinquecento, cuyo cuadros tenían un brillo especial que conseguía mediante el “atramentum”, una capa de barniz negro diseminado.

Repasemos la obra creada por Botticelli para la familia Segni después de la caída de los Medici, y con Savonarola como profeta instigador. No se sabe realmente quién encargó el cuadro ni por qué. Posiblemente el pintor quería desligarse del tono falso de las predicaciones savonarolianas. El rey Midas se encuentra sentado entre la Sospecha y la Ignorancia, que le susurran al oído. Sus orejas son de asno porque se deja aconsejar por ellas y, a su vez, tiende la mano hacia el Rencor. El monje que señala al juez Midas increpándole es el Rencor, que lleva de la mano a la Calumnia. Ésta, aferrada por el Rencor, aparece como una mujer joven que lleva de la mano una antorcha, aludiendo a su carácter incendiario. Dos jóvenes y bellas mujeres le trenzan el cabello con una blanca cinta a la Calumnia: son la Mentira y la Envidia, que van siempre con ella. La víctima inocente, un hombre desnudo, sin nada que ocultar, es arrastrado por la Calumnia hasta el juez malévolo, Midas. El hombre implora que pare todo esto. La Verdad se encuentra en una esquina y está desnuda. Uno de sus brazos lo alza a los cielos, como esperando una respuesta divina que acabe con esta situación. La Penitencia es una anciana que mira a la Verdad. En el reino de Midas siempre hay una penitencia para los juzgados y por eso la Penitencia está entre la Calumnia y la Verdad.

El recurso icónico para la enseñanza mediante imágenes plásticas venía desde la época catacumbaria romana. Con el románico y el gótico los programas de exposición doctrinal al pueblo se acentuaron plasmándose en las portadas de las iglesias y monasterios con un desarrollo iconográfico más que notable. Es tema muy estudiado por mi antigua alumna Sonia Caballero Escamilla, quien se aproxima a la exhaustividad en sus estudios de los conventos dominicanos de Santa Cruz y Santo Tomás, en Segovia y Ávila al respective.

En el comentario de la Epístola a los Romanos, cap. 4, vers. 17, al final de su larga intervención sobre la fe dice el romano: “Así pues, te suplico una y otra vez que me la pintes con colores vivos y me pongas ante los ojos su imagen expresiva para que se asiente en el alma tan profundamente, que no me forje a mí mismo ninguna ficción, ninguna simulación, ninguna vanidad.”

Hay una breve carta, dirigida por Corro a William Cecil, secretario de Estado, a quien pide que intervenga en su defensa ante el obispo de Londres frente a sus enemigos de la iglesia calvinista anglo-francesa. Pero la carta, amistosa y respetuosa, está escrita en francés. Si es chocante que McFadden diera la siguiente explicación de que Corro la redactara en el idioma galo: “He probably felt that his English was inadequate and he was besides too modest about his Latin”, mucho más chocante aún es que el mismo McFadden presentara como autodeclaración del propio Corro acerca de sus modestos –tal como los entiende McFadden- conocimientos de latín sus palabras de saludo en la dedicatoria a los varones de Temple Church.

Sin embargo, se trata de textos al servicio de una declaración de modestia, pero de falsa modestia. O si se prefiere decirlo de forma más “academically correct”, esas palabras no son sino la expresión del recurso retórico de una “captatio benevolentiae”. McFadden, sin embargo, insiste obstinada e inexplicablemente en la “Corro´s obsession with the question of language.”

En sus citas de los clásicos muestra nuestro autor un conocimiento preciso. Por poner otro ejemplo, en la dedicatoria de Dialogus theologicus escribe: “pues hombre soy, y por ello nada de lo que es humano me es ajeno.” Esa cita de Terencio nos muestra a un cabal humanista, abierto a entender a todo ser humano aunque esté en las antípodas de su pensamiento. Cuando Corro oyese historias o conversaciones acerca de los temas más variados, aprendería a no escandalizarse (o por lo menos a tratar de evitarlo) por nada de lo que dijeran e hicieran, pues entendería que, como humanas, todas las personas tenían un corazón parecido o igual al suyo. Corro era un humanista clásico creyente y, además, practicante. Lo demostró hábil e intrépidamente a lo largo de su vida, nada exenta de dificultades ni penalidades.

En otro pasaje de su dedicatoria habla de los diabólicos envidiosos que no querían más que destruir los éxitos que comenzaban a ser saboreados por él. Frente a la corrosiva envidia escribe aquello tan horaciano y tan del gusto de, por ejemplo, su contemporáneo fray Luis de León, otro profesor universitario, también gigantesco humanista y biblista, traductor y autor asimismo de multitud de obras en latín –ocupan mayor extensión las que escribió en esa lengua que las escritas en castellano-, víctima igualmente de la envidia y de la Inquisición: “Sé fuerte cual un muro de bronce / si la conciencia no te acusa de nada y si ninguna culpa te hace palidecer.”

Con esa cita de las Epístolas de Horacio, a la vez que manifiesta Corro su pureza de actuaciones e intencionalidad, se nos muestra, una vez más, conocedor de la mejor literatura latina. Lo que quiso dar a entender el poeta venusino es que nos atrincheremos, como en una fortaleza, pues el bien supremo es tener la conciencia limpia y no hacer nada de lo que tengamos luego que arrepentirnos. Corro, además de humanista creyente, es practicante y aprende de los modelos grecorromanos a pertrecharse de coraza intraspasable por los dardos envenenados de la maldad envidiosa y calumniadora.

Así fue Corro: fuerte cual muro de bronce. Su conciencia no le acusa de nada contra el Evangelio. Por eso ninguna culpa le podía hacer palidecer. Años antes, en 1571, tras haber sido acusado de confundir la palabra de Dios con la palabra predicada, de haber destruido la divinidad de Cristo, incluso de atribuir la justificación en parte a la libre voluntad y a las buenas obras, no presentó retractación ninguna, pues las acusaciones eran infundadas. Él, un teólogo evadido de las garras inquisitoriales españolas, llega a tachar directamente de inquisidores a sus malvados acusadores.


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