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Francisco Ruiz de Pablos
Libros casiodorianos con M. Delibes al fondo

La Biblia aramea está basada en antiguos escritos arameos (también denominados siríacos), cuya antigüedad se remonta a los primeros años del cristianismo. Es poco conocida en occidente, ya que mientras los textos griegos se arraigaban en el Imperio Romano, los textos arameos circulaban ampliamente en Israel, Siria, Líbano, Babilonia, Persia, llegando incluso hasta China y la India, de lo cual aún hoy quedan vestigios en templos antiguos.

Es de aceptación general que el Evangelio fue predicado originalmente por Jesucristo en arameo, su idioma nativo; lo mismo sucedió con la predicación de sus apóstoles. El pueblo de Israel tenía profundamente arraigado el arameo como su lengua nacional en la época de Cristo. Aunque se hablaba griego por razones de la conquista romana, y hebreo por razones de culto, estos idiomas se reservaban principalmente para el comercio, política y asuntos del templo, pero el arameo era utilizado para la vida cotidiana entre los judíos desde la época del exilio babilónico.

Los primeros escritos del Texto Peshitta se comienzan a redactar en el siglo I d. C., poco después de la época del Señor. Originalmente, eran llamados sólo escritos santos, pero con la recopilación completa de estos textos, se les comenzó a llamar escritos en siríaco o arameo. Hasta el siglo IX se les llamó Texto Peshitta, pero los escritos existen desde los albores del cristianismo. Peshitta significa “sencillo, fácil, claro”.

Este texto Peshitta circuló ampliamente desde los primeros años del cristianismo entre las comunidades cristianas de Israel, Líbano, Siria, Babilonia, Persia, llegando en 635 d. C. hasta China e India, mientras en Europa circulaban solamente los escritos griegos. Existen dos obras muy reconocidas escritas en arameo que dan testimonio de que, efectivamente, se hablaba y escribía en arameo entonces. Una es Guerra de los Judíos y otra Antigüedades de los Judíos, ambas del historiador hebreo Flavio Josefo; otra obra menos difundida, pero de relevancia es el Diatessarón de Taciano, una armonía de los cuatro relatos del Evangelio, llamados canónicos, escrita también en arameo.

Para la época de la Reforma Protestante, ya se conocía la existencia del Texto Peshitta en Europa a grado tal, que Casiodoro de Reina, el traductor original en 1569 de la popular versión actualmente conocida como Reina-Valera, se lamenta en la introducción de su “Biblia del Oso” de no haber tenido a tiempo esta obra para considerarla en su traducción.

Acaba de editarse Comentario al Evangelio de Juan, obra que es ya la número VII de la colección que, sabiamente coordinada por el doctor Emilio Monjo, pretende ser –y sin prisa ni pausa lo está consiguiendo con notable éxito- continuación de la RAE. La obra ahora publicada abarca, en realidad, tres obras de Casiodoro de Reina.

Coyunturalmente, y así lo expreso en la dedicatoria –un poco larga pero un mucho corta para lo que significa como testimonio y recuerdo-, la obra quiere rendir homenaje a la memoria inmarcesible de aquellos hombres y mujeres que dieron su vida por defender libremente sus creencias hace cuatro siglos y medio:

“A los nunca olvidados primeros mártires de Valladolid y Sevilla que, por pensar libremente, hace ahora CCCCL años, ardieron en las hogueras del Campo Grande junto al Pisuerga y en las del Campo de Tablada cerca del Guadalquivir desafiando la intolerancia de jueces que aplicaban crueles sentencias cual lobos disfrazados de corderos, aniquilando despectivos la figura del Buen Pastor. Ya en 1544 y por la misma causa había ardido en Pucela el burgalés Francisco San Román; y atado a la estaca en Roma murió el también burgalés Jaime Enzinas en 1456, el mismo año del fratricidio en Neuburg del conquense Juan Díaz. En 1560 arderá en Sevilla el arriero y colportor Julianillo Hernández, natural de Valverde de Campos, pueblecito meseteño del Duero. Eorumque earumque omnium æternam in memoriam

Valga aquí la reproducción de la dedicatoria homenaje como contraste al vergonzoso silencio mediático, que para nada se hizo eco en octubre de tan espeluznantes acontecimientos de antaño en tierras meseteñas. Ni un solo periódico de Valladolid publicó una sola línea sobre tan tristes como gloriosos e importantes sucesos. Y me consta que a todos se les enviaron notas de prensa y a alguno algo más que notas. Algo más algún día en algún otro artículo deberá de alguna manera denunciarse sin acritud alguna, pero con recriminación crítica toda y sin tapujo ninguno.

En dos de esas tres obras escritas en latín por Casiodoro de Reina, cuya traducción acaba de editar MAD Eduforma, y de la que soy autor, aparece con frecuencia la abreviatura Sir. (= Siríaca), concretamente en dos libros de 1573. Corresponde a la versión bíblica siríaca en su parte neotestamentaria, que se editó después de 1569 y no pudo utilizar Casiodoro para su obra grande, pero sí cuatro años después, lo cual añade un plus muy importante a esas dos obras de 1573. En la página de título para Evangelium Ioannis, dice el genial biblista: “A partir del Nuevo Testamento siríaco recientemente traducido en latín por varones doctos; con añadidos al margen de la lectura de fuentes griegas si en ocasiones es diferente.”

Hablar de lengua siríaca es hablar de un dialecto del arameo. Tres años antes de la publicación de la Biblia Regia, había aparecido en Basilea la traducción completa de la Biblia al castellano, la Biblia “del Oso”. Casiodoro utilizó los textos que por entonces tenía a su alcance: la Vulgata, la versión del Antiguo Testamento directa del hebreo al latín contemporáneo de Santes Pagnino, la Septuaginta y el Nuevo Testamento griego publicado en 1551 por Stephanus.

Una novedad, en cuanto a fuentes de consulta, fue la Biblia de Ferrara (1553), una versión ladinada, es decir, castellana con sintaxis hebrea, para los sefardíes exiliados. En la “Amonestación al lector” afirma Casiodoro que se sirvió de la Biblia judía “para la natural y primera significación de los vocablos hebreos, y las diferencias de los tiempos de los verbos”.

Lamenta en su “Amonestación” no haber podido cotejar la versión siríaca. Ya era tarde para efectuar cambios, no obstante, existen indicios de que Casiodoro había estado en contacto con Tremelio. Un estudio comparativo entre la Pesita, la Biblia “del Oso” de 1569, la de Cipriano de Valera revisada de 1960, y la King James de 1611 muestra unas variantes significativas.

Recientemente, en la última semana de octubre, cuando se celebraba en el parador de Zafra un importante congreso sobre la Reforma Protestante en Extremadura, el día 28 de dicho mes aparecía publicado en el diario Público (y no es redundancia) un interesante artículo de viajes sobre el último refugio del arameo. Sepan lectores y lectoras que ese diario diariamente (y no es redundancia) se distribuye en todos y cada uno de los paradores nacionales de nuestra querida España.

Con exactitud y claridad informaba Óscar López-Fonseca desde Maalula (Siria), cómo en este pueblecito, a 50 km. de Damasco, hay un tesoro que no se toca ni se ve, se oye, la lengua que hablan sus 50.000 habitantes: el arameo. La hablada por Cristo y sus discípulos, la propagada desde Egipto hasta la India por el imperio persa, la misma, ¡ah dolor! que ahora está a un paso de la extinción. Ya sólo es hablada por poco más de 18.000 personas.

Estas personas arameoparlantes viven casi todas en Maalula, población de mayoría cristiana dentro de un país musulmán. Por eso es allí normal el saludo en arameo “ibbla jatita”, en vez del consabido en árabe “al salamu aleikum”, el mismo con el que yo saludo y soy saludado por varios alumnos y alumnas arabófonos del IES abulense I. de Castilla. Lo último que he aprendido hace unas semanas de un marroquí, conductor autobusero de la línea Gijón-Sevilla, es “tariq salama” (buen viaje).

Ojalá –jaculatoria que al árabe debe nuestro rollizo idioma castellano- no tengamos que desearle al arameo un “tariq salama”. Salvemos ese importantísimo idioma. ¡A tiempo estamos, cristianos de todo el planeta! La pequeña población de Maalula supo antiguamente apuntalar su porvenir. Cambió el nombre grecorromano Seliópolis por el de Maalula, derivado de la palabra aramea ma´la (entrada), que hace referencia a la salvadora apertura milagrosa en la roca, lo que impidió el avance de los legionarios romanos tras la mártir Santa Tecla y la salvó de la bárbara persecución pagana por haberse convertido al cristianismo.

¡Qué maravilla más maravillosa tiene que ser escuchar en Maalula el PADRE NUESTRO, en arameo; por ejemplo, a los monjes que rezan y trabajan en el monasterio maalulés de San Sergio y San Baco. Así y todo, y con ser muy importante lo que acabamos de observar sobre los ¿últimos? arameohablantes, como también lo que hemos apuntado sobre el recurso al siríaco-arameo por parte del mayor de nuestros biblistas, Casiodoro de Reina, extremeño de fama universal, de cuya traducción desde el latín al español, tras más de 440 años, me enorgullezco de ser autor, quiero añadir algo más como para crear demanda insatisfecha por saborear estos exquisitos, auténticamente divinos, entusiasmantes y taumatúrgicos textos en lengua aramea.

Acaba de editarse por EDAF Todos los Evangelios, obra dirigida por el helenista A. Piñero (el año próximo publicará en la B.A.C. Hechos apócrifos de los apóstoles). En la misma, no podía ser de otra manera, hay presencia de los evangelios apócrifos. Uno de entre los muchos que se han conservado, aparte de los cuatro canónicos, es el Evangelio árabe de la infancia. Se trata de una obra maravillosamente taumatúrgica, escrita originalmente en siríaco, antes del siglo V, y cuya fuente es la traducción árabe del “Codex Orientalis” de la Biblioteca Laurenziana de Florencia, fechado en 1299. El comienzo es idéntico al de tantos pasajes del libro preferido por el islam: “En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso”.

Ese breve texto de frontispicio constituye toda una huella, entre tantas otras, de la innegable influencia cristiana en la aparición del libro que los islámicos dan por inspirado a su profeta Mahoma. No confundamos este Evangelio árabe de la infancia con el Evangelio armenio de la infancia, escrito originalmente en griego y luego traducido al siríaco y al armenio. Tampoco hemos de confundirlo con otro evangelio escrito originalmente en siríaco a mediados del siglo III y titulado Cartas de Jesús.

En las mencionadas obras recientemente traducidas por primera vez del latín al español podemos leer cómo contra Mahoma y su irreligión se lanza Casiodoro de Reina arremetiendo con fuerza fulmínea de encendido profeta frente a las teorías que pretenden vanamente desposeer a Cristo, Hijo Unigénito del Padre, de su condición consustancial y coeternamente divina.

Este mismo año, que pronto estará concluso, se cumplió el CCCCL aniversario de la quema de herejes luteranos en Sevilla y Valladolid. Apuntaré algo acerca de El hereje, la novela delibesiana en que su autor expresa mucho de lo que en una obra escrita a finales de la centuria decimonónica bebió copiosamente. Empleo conscientemente el adverbio no tanto en su aspecto cuantitativo de abundancia (a grandes sorbos) cuanto en su posible acepción de intertextualidad (para eludir el término plagio, que en origen no significa otra cosa sino esclavizar al libre; y de eso algo sabemos quienes a lo largo de nuestra vida hemos sido objeto de tales sustracciones ramplonas y desvergonzadas).

Acaba de ser, una vez más, reeditada por el Consejo Evangélico de Valladolid la narración Recuerdos de antaño, que sobre los mártires protestantes pucelanos e hispalenses de hace ahora CCCCL años escribiera a finales del siglo XIX el pastor Emilio Martínez, antecedente claro e innegable, a mi juicio, de El hereje de M. Delibes, quien bebió en la bien documentada fuente “antañona”. Si bien en la minuta historiográfica del final de El hereje no figura para nada la narración del citado pastor Martínez, ni tampoco Los Hermanos Españoles de Debora Alcock, o La Casa de Doña Constanza de Emma Leslie.

Con todo, varios son los errores históricos que deja deslizar Delibes en su extensa novela, en la que sólo se salva la integridad del imaginario protagonista. La realidad fue bastante diferente. Antonio Herrezuelo quedó sin retractarse, siendo quemado vivo. Su mujer se salvó de la hoguera al abjurar, pero volvió a hacer profesión de fe, siendo condenada en un auto de fe en septiembre de 1568. En el segundo auto del 8 de octubre de 1559 –que el antiguo director de El N. de Castilla funde con el primero, de mayo del mismo año- Carlos de Seso tampoco renunció a su fe. Se mantuvo firme en una profesión que reafirmó en un texto escrito por su propia mano el día antes del auto. De Rojas, una vez condenado a relajación, no quiso confesarse, dando en el último momento testimonio de su fe luterana. Juan Sánchez -ya abrasándose, se le soltaron las ligaduras- saltó del fuego y los frailes buscaron una última confesión. Al ver a de Seso firme, se arrepintió de su flaqueza y se arrojó de nuevo a las llamas con decisión.

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